Las dolorosas palabras del médico cambiarán la vida de los padres para siempre. “Me sentí como aquel que vive una pesadilla y quiere despertar cuanto antes”, recuerda un padre llamado Víctor. Pero ¿Qué es el síndrome de Down?
Llana y sencillamente, es una alteración crónica de origen genético. Los niños afectados presentan distintos grados de incapacidad para el aprendizaje y la comunicación verbal, así como anormalidades del aparato locomotor, que van de leves a graves. También maduran más lentamente en sentido emocional, social e intelectual.
¿Hasta qué
grado afecta esta anomalía la capacidad de los niños? Jason, quien padece el
síndrome, responde en el libro Count Us In—Growing Up With Down Syndrome, del
cual es coautor: “Me parece que no es un impedimento. Es una
desventaja a la hora de aprender algo porque vas despacio, pero no es para
tanto”. Desde luego, cada niño es diferente y posee sus propios talentos.
Incluso los hay que son capaces de aprender lo suficiente para convertirse en
miembros activos de la sociedad y tener una vida plena.
Nada puede
hacerse para prevenir esta alteración genética, ni antes ni durante
el embarazo. El síndrome de Down no es culpa de nadie. Mas
no por eso deja de asestar un duro golpe a los padres. ¿Qué pueden hacer
estos en favor de sus hijos y de sí mismos?
ASUMIR LA REALIDAD
Cuesta
aceptar que un hijo tiene síndrome de Down. “Fue un choque tremendo —recuerda
una madre de nombre Lisa—. Cuando el pediatra terminó su explicación, mi esposo
y yo nos pusimos a llorar. Si fue por [nuestra hija] Jasmine o por
nosotros, no lo sé; probablemente fue un poco de todo. No obstante,
estaba deseosa de tenerla en mis brazos y decirle que siempre la querría, sin
importar lo que viniera.”
“Me pasaron
muchos sentimientos por la cabeza —dice Víctor—: miedos, rechazos, que nada
volvería a ser como antes, que los demás ya no querrían estar con
nosotros. Sinceramente, pensamientos egoístas, generados por el
desconocimiento.”
Tales
sentimientos de dolor e incertidumbre suelen durar algún tiempo, y es posible
que vuelvan a surgir de repente. Elena relata: “Lloraba a menudo por el
problema de [nuestra hija] Susana. Pero una vez, cuando ella tenía cuatro años,
vino a mí y me dijo: ‘Mami, no llores; no pasa nada’. Obviamente,
ella no sabía por qué yo estaba llorando; pero en ese momento me resolví a
dejar de sentir pena por mí misma y seguir dando vueltas a pensamientos
negativos. Más bien, desde entonces me he concentrado en ayudarla a progresar
hasta el grado posible”.
CONTRIBUIR AL APRENDIZAJE DEL NIÑO
¿Cuál es la clave para la formación de estos
niños? “Comience por quererlos. Lo demás viene después”, recomiendan los
especialistas de una asociación. La profesora Sue Buckley apunta: “Los
individuos con síndrome de Down son en primer lugar personas [...].
La calidad de los cuidados, la educación y la experiencia
social que se ofrecen influyen en el desarrollo de las personas con síndrome de
Down, al igual que ocurre con todas las personas en general”.
Las últimas
tres décadas han visto un marcado avance en las técnicas de aprendizaje
empleadas para ayudar a los niños afectados. Los terapeutas aconsejan a los
padres incluirlos en todas las actividades familiares y ayudarlos a desarrollar
sus aptitudes a través del juego y programas de intervención temprana. Estos
programas —que deben comenzar poco después del nacimiento— incluyen
fisioterapia, logopedia (terapia del lenguaje) y mayor atención personal, junto
con apoyo emocional para el niño y la familia. “Susana siempre ha sido una de
nosotros —dice Gonzalo, su padre—. Siempre ha estado presente en todas las
actividades de la familia.
La hemos tratado y corregido tal como lo hemos
hecho con su hermana y su hermano, pero teniendo en cuenta sus limitaciones.”
El progreso
seguramente será lento. Los bebés con síndrome de Down no pronuncian sus
primeras palabras sino hasta los dos o tres años. En su desesperación por
no poder comunicarse, tal vez tengan arrebatos de llanto o mal humor. Pero
los padres pueden enseñarles algunas habilidades de comunicación preverbales
valiéndose, por ejemplo, de un método de señas sencillo, acompañado de ayudas
visuales. Así, con señas como las de “beber”, “más”, “ya”, “comida” y “cama”,
podrán dar a saber sus necesidades básicas. “Nosotros le enseñábamos a Jasmine
dos o tres señas por semana —dice Lisa—. Nos centrábamos
exclusivamente en la
diversión y la repetición.”
Cada año,
más niños con síndrome de Down acuden a escuelas ordinarias y participan en
actividades sociales con sus hermanos y sus amigos. Si bien su aprendizaje
es más difícil, estudiar con niños de su edad ha ayudado a algunos a valerse
por sí mismos, relacionarse con los demás y progresar en sentido académico.
En vista de
que su desarrollo es más lento, las diferencias con sus pares se acentúan con
la edad. Aun así, algunos entendidos recomiendan que cursen la secundaria en
una escuela común, siempre y cuando los profesores y los padres estén de
acuerdo y exista apoyo didáctico complementario. “La mayor ventaja de que
Yolanda fuese a una escuela normal fue su plena integración —afirma su padre,
Francisco—. Desde el principio, ella pudo jugar con todos los niños, y
ellos aprendieron a verla como una más y a incluirla en todas sus actividades.”
LAS SATISFACCIONES SUPERAN CON CRECES
LOS SACRIFICIOS
LOS SACRIFICIOS
Criar un
hijo con síndrome de Down no es un camino de rosas: requiere mucho tiempo,
esfuerzo y dedicación, así como paciencia y expectativas realistas. “Hay muchas
tareas relacionadas con el cuidado de Ana —dice Soledad, su madre—. Tienes que
aprender a ser una madre paciente, enfermera y fisioterapeuta, además de
atender las tareas normales del hogar.”
Pese a
todo, muchas familias insisten en que tener un niño con síndrome de Down las ha
unido más. Los hermanos aprenden a ser menos egoístas y a mostrar más empatía,
y se hacen más comprensivos con las personas minusválidas. “El desplegar
paciencia ha sido recompensado enormemente, y con el tiempo hemos visto los
resultados —aseguran Antonio y María—.
Nuestra hija mayor, Marta, siempre nos
ha ayudado a cuidar de Sara y ha mostrado sincero interés en ella. Esto
precisamente la motivó a prepararse adquiriendo conocimientos que le sirvan
para ayudar también a otros niños discapacitados.”
Rosa, cuya
hermana mayor tiene este síndrome, comenta: “Susana ha contribuido mucho a mi
felicidad y me ha dado mucho amor. Además me ha ayudado a estar más al tanto de
las discapacidades de otros”. Y la madre, Elena, añade: “Susana es muy
sensible al cariño. Cuando ella recibe amor, da el doble”.
Emily y
Barbara —las madres citadas al principio— descubrieron que “las personas con
síndrome de Down continúan creciendo y aprendiendo a lo largo de su vida, y
aprovechando nuevas oportunidades y experiencias”. ¿Qué deben hacer, pues, los
padres de un niño con síndrome de Down? Yolanda da este sencillo consejo:
“Quererle mucho. Cuidarle como mis padres han hecho conmigo. Y no olvidéis
ser pacientes”.
[Nota]
El nombre
viene de John Langdon Down, médico británico que publicó en 1866 la
primera descripción exacta de este trastorno. En 1959, el genetista francés
Jérôme Lejeune descubrió que los bebés con síndrome de Down nacen con un
cromosoma de más en sus células: tienen 47 y no 46. Otros investigadores
hallaron después que el cromosoma extra es una copia del 21.
¿DISFRUTAN DE LA VIDA LAS PERSONAS
CON SÍNDROME DE DOWN?
CON SÍNDROME DE DOWN?
He aquí
algunos testimonios:
“Me gusta
trabajar en el taller escuela porque me siento útil.” (Manuel, 39 años)
“Lo que más
me gusta es la paella de mi madre y predicar la Biblia con mi padre.” (Samuel,
35 años)
“Me gusta
ir al colegio porque quiero aprender y los profesores me quieren mucho.” (Sara,
14 años)
“No te
preocupes, pórtate bien, juega con todos y ya aprenderás poco a poco.”
(Yolanda, 30 años)
“Me gusta
mucho leer, escuchar música y estar con amigos.” (Susana, 33 años)
“Quiero
crecer. Quiero una vida.” (Jasmine, 7 años)
ESTRATEGIAS PARA MEJORAR LA COMUNICACIÓN
Sugerencias
para comunicarse con las personas con síndrome de Down:
● Sitúese
enfrente para establecer contacto visual directo.
● Utilice
frases sencillas y cortas.
● Acompañe
sus palabras con gestos faciales y ademanes.
● Deles
tiempo para que entiendan y respondan.
● Escuche
atentamente y pídales que repitan las órdenes que les imparta.








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